Odio ir al banco. Vayas a la hora que vayas, te toca esperar. Es desesperante porque habitualmente, tan sólo funciona una de las ventanillas. Mientras esperas a que el del bar de enfrente realice el ingreso o a que la abuela de turno saque la cartilla de ahorro de la faja y pague los recibos, miras a tu alrededor y, mientras vas cambiando el peso de tu cuerpo de una pierna a otra, encuentras seis o siete mesas (destinadas a clientes con asuntos más importantes ¡!) vacías, y a los empleados que atienden las mismas colgados del teléfono. Lo siento, pero no me creo que todos estén atendiendo llamadas de negocios. Así que no queda más remedio. A esperar. Hasta que llega tu turno, todavía te da tiempo a poner en orden el bolso, tirar los recibos antiguos de la cartera, y vaciar la tarjeta del móvil de mensajes viejos.
Pero lo peor sin duda, es cuando entras a una de esas oficinas que cuentan con dos puertas detectoras de metales en la entrada. Es inevitable, según las veo, suspiro. Lo intento una vez. Por favor, deposite sus objetos metálicos… ¡Mierda! A ver: Guardas las llaves de casa, del curro, del coche… en la pequeña taquilla y te llevas la de la taquilla que das por supuesto que no va a pitar cuando vuelvas a intentar entrar en la sucursal.
Segundo intento: Por favor, deposite sus objetos metálicos… Mientras miras hacia arriba como buscando el lugar de donde procede la maldita voz, observas de reojo a los seis o siete empleados sin cliente, colgados del teléfono. Ahora toca rebuscar en el bolso. No sé que puede ser. Ni mechero, ni cinturón… ¿Pitará el MP3? Por si acaso, lo guardo junto con las llaves de casa, del curro, del coche…
Tercer intento: Por favor, deposite sus objetos metálicos… ¡Es que ni en los aeropuertos! Vuelves para atrás. Los seis o siete empleados sin cliente colgados del teléfono evitan mirarte directamente. Será que quieren evitarse el paseo para abrirte por otro lado. Ahora parece que busco petróleo en el bolso, intentando descubrir qué puede ser lo que pita. Mi cartera tiene algunas chapas en el cuero, saco la tarjeta y el DNI y la guardo junto con las llaves las llaves de casa, del curro, del coche y del MP3. Veamos… recuerdo que con estas botas me hicieron descalzarme en el aeropuerto… ¡Como vuelva a pitar me da algo!
A la cuarta, lo consigo. Ahora toca esperar. A que el del bar de enfrente realice el ingreso, a que la abuela de turno saque la cartilla de la faja y pague los recibos, a vaciar la tarjeta del móvil de mensajes viejos…. lástima haber dejado la cartera fuera y no poder tirar los recibos antiguos.