Hace unos meses presencié un episodio de acusaciones varias y disculpas acertadas. La confianza en determinado individuo se puso en tela de juicio, con ella su reputación. El individuo en cuestión pidió, desde mi punto de vista, acertadas y convincentes disculpas ante quienes así se lo solicitaron.
Me remito a un reciente post de Ignacio Duelo, “las cinco formas de pedir perdón” , que a su vez se remite a un texto de Jennifer Thomas, autora del libro “The Five Languages of Apology”. Resume Duelo en su post, estas cinco formas de disculpa, que traslado al caso concreto del que fui testigo:
1. Expresar arrepentimiento.
2. Aceptar la responsabilidad
3. Remediar el daño causado.
4. Mostrar que no volverá a suceder.
5. Pedir perdón explícitamente.
Con respecto a la 1, la 2 y la 5, sin duda, el individuo en cuestión así lo hizo. Con firmeza y determinación. De forma explícita, aceptando la totalidad de la responsabilidad, y desde luego arrepentido de la sucesión de los hechos. Con respecto a la 3, he de decir que serán el tiempo y la evolución de los acontecimientos los que determinen si el daño es reparable. En su disculpa sin embargo, no quedó muy claro si en el futuro el hecho volvería a suceder. Entiéndanme, pues no quiero incitar al error: Expresó que el hecho en sí no ocurriría de nuevo, pero también que volvería a repetir determinadas iniciativas que le llevaron tomar la determinación de su acción.
En cualquier caso las disculpas, expresadas personalmente, reflejaron la credibilidad suficiente como para que esta persona recobrara la confianza de quienes habían puesto en tela de juicio su ética profesional.
Reconocer los errores de uno mismo es una virtud de la que carecen muchos líderes. Ser capaz de rectificar y reconocerlos públicamente, todavía de menos. Porque todos somos humanos y porque por ende todos erramos, quienes juzguen deben además valorar la trayectoria del juzgado.
Quiero remitirme de nuevo, como en el post anterior, a “Futbol a sol y a sombra” de Galeano, y de nuevo otra vez, al capítulo de “El Arquero”. ¿No es extrapolable esta situación a tantas y tantas otras situaciones que se dan día a día en entornos laborales y profesionales? “La multitud no perdona al arquero. ¿Salió en falso? ¿Hizo el sapo? ¿Se le resbaló la pelota? ¿Fueron de seda los dedos de acero? Con una sola pifia, el guardameta arruina un partido o pierde un campeonato, y entonces el público olvida súbitamente todas sus hazañas y lo condena a la desgracia eterna. Hasta el fin de sus días lo perseguirá la maldición”