Quedó pendiente, hace unos meses, “la historia del árbol que guardaba las historias” (…)
Me contó no hace mucho, mi cuentacuentos particular que, un día, un joven estudiante observaba sobrecogido cómo varios operarios municipales arrancaban de cuajo y sin control varios árboles del campus universitario con el fin de construir un nuevo pabellón para una de las facultades de la Ciudad Universitaria. Un abuelete se acercó a él, y le contó la historia del árbol que precisamente en esos momentos se elevaba del suelo para ir a parar al remolque de un camión.
- Yo planté ese árbol, cuando era un lozano muchacho como tú. Le vi crecer, porque venía de vez en cuando a contarle historias. Cuando fue lo suficientemente robusto, vine con menos frecuencia, porque a su sombra se refugiaban jóvenes estudiantes que, sin quererlo, le contaban otras historias. No me gustaría que todas esas historias que este árbol guarda se perdieran. ¿Por qué no coges una de esas pequeñas y frágiles ramas y lo plantas en algún otro lugar? De esa forma, las historias permanecerán en el nuevo árbolito, y podrá seguir creciendo si le cuentas otras nuevas.
Y el joven estudiante no se lo pensó dos veces. Recogió aquella pequeña rama y la plantó. Le contó nuevas historias, hasta que sus raíces fueron lo suficientemente fuertes como para trasplantarlo en la plaza de un pueblo de la sierra de Madrid. Pero el joven estudiante quería asegurarse de que ese árbol seguía escuchando historias, para poder seguir creciendo. Por eso, juntó a los niños del lugar y les contó el cuento del árbol que guardaba historias. Y ese arbolito ya ha alcanzado el tamaño de aquél que era arrancado de cuajo en la Ciudad Universitaria. A su sombra, escucha las historias de los ancianos del lugar; las de jóvenes amantes en las oscuras noches de verano; las de los que van de paso y sobre todo de las de los que son ahora niños y conocen su leyenda y quieren contribuir, con sus historias, a que el árbol sea cada vez más grande y a que bajo sus ramas puedan refugiarse, cada vez, más contadores de historias.
Yo no he parado de contárselas a mi baobab.




