Cuando uno aterriza en Cape, habiéndolo hecho antes en Marrakech o Dakar, no puede menos que esperar el ajetreo de locales compitiendo por recoger en sus taxis, no siempre legales, a los inocentes blancos que con los bolsillos llenos de dólares inician su periplo en busca de increíbles postales, ritmos vivenciales o las más ancestrales tribus africanas.
Ya en el aeropuerto Cape anuncia que está lejos de esa frenética locura que te grita en voz alta, apenas puesto un pie en el suelo , que acabas de llegar a África. Al menos consigue que ese turista que apenas pasará allí unas horas antes de iniciar una ruta de safaris, o zambullirse en busca de tiburones blancos, se lleve la impresión de que es una ciudad moderna, que ha aprendido de Europa y un destino ideal para albergar a buena parte de los más de 450.000 visitantes que se prevén durante la celebración del Mundial de Fútbol de 2010.
Ese ligero perfume a Europa continúa en el centro de la ciudad, en Long Street y alrededores, zona habitual de backpackers y hostales de una noche. Tan sólo el sol, que se empeña en acostarse antes, parece querer indicarnos que de verdad hemos llegado, aunque estemos deseando salir de esta ciudad que ha decidido esconder la magia de África para quienes deseen tomarse el tiempo necesario para descubrirla.

Hacía mucho que no viajaba por el puente de mayo. Por eso, llevaba muchos años asistiendo a la manifestación por el
Tan sólo 5 euros, dieron para un buen plato de pasta, cordero, fruta y dulces en compañía de una familia sarda presidida por Piero, cuya estampa me recordó inevitablemente a Fernando Fernán Gómez interpretando a un gran patriarca de una gran familia. Junto a Piero y su señora, sus hijos y nietos, disfrutamos además de salchichón, queso y vino que la propia familia había elaborado y que al amparo de una divertida y prolífica conversación compartieron generosamente con Giorgio y conmigo. El resultado, un almuerzo que guardaré para siempre en la memoria.
A mí me gusta más la que habla de que las ramas de los baobabs son los brazos de guerreros enterrados, muertos en combate, que pugnan por volver a la batalla, por luchar por un África viva, renaciente. Lo cierto es que cuando estás frente a ellos, consciente de que eres incapaz de abarcar su tronco con los brazos, ensimismada por su fortaleza, por su robustez, su belleza… ganas dan de recogerse en esas ramas, brazos de quereros, y guarecerse y reposar entre ellos.
