Mélanger…

He revisado fotos. Algunas apenas las recordaba. Otras, eran más recientes. Formentera. Verano. Inevitablemente he recordado que hace apenas dos semanas, un colega me llevaba a cenar a un restaurante del barrio de las letras de Madrid. Es curioso. Mi colega es catalán. Siempre me llamará la atención que la gente de fuera de Madrid te sorprenda con rincones que pasan a situarse entre tus favoritos. Pero no es la conversación que tuve durante la cena, ni el lugar,  el motivo de este post, sino los ocupantes de la mesa contigua. Uno de ellos era Tristan Ulloa. Fotos, Formentera, Tristán…. rescato a continuación lo que escribí tras ver Lucía y el Sexo entonces, en 2001.

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Una isla a la deriva, la propia vida expuesta al azote de las olas y a los caprichos de las mareas. (La marea y la luna, la luna y el sol, Lorenzo y Lucía, Lucía y el Sexo) Una isla que existe amorosamente con el mar, pero que también se expone a sus desvaríos. Lucía, joven camarera enamorada e instintiva, que convive plácidamente con Lorenzo y que sufrirá, como la isla del mar, sus desatinos. Lorenzo, escritor estancado cuya inspiración resurge con fuerza cuando Lucía aparece en su mundo y cuando las circunstancias le precipitan en un agujero que le lleva cada vez más y más abajo. Elena, principio y fin, madre, amante y amiga, forma parte de la isla, y de la luna, aunque Luna no vuelva. Antonio, padrastro y amante imposible. Belén, hija, niña, niñera …

Bajo la isla, vacío. La isla flota sobre si misma, nada la une a la tierra sino una masa ingente de agua mediterránea. Vacía como Lucía sin Lorenzo, como Elena sin Luna. Secreto para muchos, no para Antonio, que lo ha conocido buceando. Secreteo como el suyo, que lo ha llevado lejos, muy lejos de su pasado.

Agujeros, muchos agujeros precipitan la historia al pasado, al presente y al futuro. El presente de Lucía sin Lorenzo, de Elena con Antonio, de Elena y Lucía unidas en la isla por un pasado ( de Lorenzo con Elena, de Lorenzo con Lucía) y un presente (de Lucía sin Lorenzo, de Elena sin Luna y sin Lorenzo)

El faro, el sexo. Presidiendo la isla, vigilando la luna, controlando las aguas. Punto de encuentro, de deseo, de pasión, de vida y muerte, de traición, y de amor, sobre todo de mucho amor.

Una historia de casualidades, de reencuentros. Una historia bañada por las aguas de ese gran mar Mediterráneo. Una historia que funde el tiempo allí donde no existe, que libera el sentimiento en situaciones difíciles. Una historia que Lucía lee a distancia, una novela que Lorenzo escribe y que desvela una tras otra, las tangentes vidas de los protagonistas, devolviéndoles unos a otros.

La poética del sexo, del amor, de la imagen, del sonido y del silencio. La fuerza del sentimiento, del recuerdo, de la ausencia y de la presencia. La intensa belleza de los momentos, la libertad que el aire, el mar y el cielo mediterráneos transmiten a Lucía, a Elena, Antonio y Lorenzo.

Y sobre todo el encuentro, cómo todo converge, cómo se encuentra el agua con la isla y el faro. Pero también cómo resurge por aquellos agujeros que unen la superficie con el fondo, dejando una puerta abierta entre el cielo al que apunta el faro y el agua que hace a la isla flotar a la deriva, cómo a la propia Lucía huyendo para reencontrarse con el sexo.

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