El ascensor

ascensor.jpgPrimer amanecer en piso nuevo. Hay que ir a currar. Al aprendizaje de la cafetera (siempre he sido de italianas… ¿dónde están los filtros?), de los horarios mañaneros de los compis de piso, (¿te duchas tú primero?), las dudas  (¿en qué cajón había guardado la ropa interior?), se añade otra novedad. El ascensor.

Coincido al salir de casa con el vecino de la puerta de al lado. Intercambiamos un buenos días. Es la primera vez que le veo. Instintivamente salgo pitando, acostumbrada a vivir en un cuarto piso… sin ascensor. Aquí llega el ¿problema?… mejor digamos “la novedosa situación”. En lugar de arrancarme a bajar escaleras como una descosida me descubro mirando cómo parpadea un botón rojo que anuncia la llegada del ascensor. El vecino, claro, me dio alcance en el pasillo.

Entramos. Compartimos seis pisos de bajada. Silencio. Ni tan siquiera una conversación forzada acerca del tiempo. Claro, por la mañana, sin salir de casa… no está muy claro si hace frío. Supongo que tocará romper el hielo en la próxima ocasión. Ahora que sé que ellos (los vecinos) también son nuevos en la finca, quizá pueda prescindir del ¡a ver si llueve!

Y es que pocas cosas hay que me den tanta rabia como tener que sobrellevar una situación incómoda como ésta hablando de vanalidades que no llevan a ningún sitio. ¿O si? Supongo que si me quedo sin sal y hemos hablado del tiempo… será más fácil llamar a su puerta…

La foto, de Daquella manera

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