Archive for the ‘reflexiones’ Category

La cigarra y la hormiga

noviembre 20, 2009

La cigarra cantaba y bailaba…

Y la hormiga trabajaba y trabajaba….

… pero el invierno nunca llegaba.

El árbol que guardaba historias

noviembre 4, 2008

Quedó pendiente, hace unos meses, “la historia del árbol que guardaba las historias” (…)

arboldehistoriasMe contó no hace mucho, mi cuentacuentos particular que, un día, un joven estudiante observaba sobrecogido cómo varios operarios municipales arrancaban de cuajo y sin control varios árboles del campus universitario con el fin de construir un nuevo pabellón para una de las facultades de la Ciudad Universitaria. Un abuelete se acercó a él, y le contó la historia del árbol que precisamente en esos momentos se elevaba del suelo para ir a parar al remolque de un camión.

– Yo planté ese árbol, cuando era un lozano muchacho como tú. Le vi crecer, porque venía de vez en cuando a contarle historias. Cuando fue lo suficientemente robusto, vine con menos frecuencia, porque a su sombra se refugiaban jóvenes estudiantes que, sin quererlo, le contaban otras historias. No me gustaría que todas esas historias que este árbol guarda se perdieran. ¿Por qué no coges una de esas pequeñas y frágiles ramas y lo plantas en algún otro lugar? De esa forma, las historias permanecerán en el nuevo árbolito, y podrá seguir creciendo si le cuentas otras nuevas.

Y el joven estudiante no se lo pensó dos veces. Recogió aquella pequeña rama y la plantó. Le contó nuevas historias, hasta que sus raíces fueron lo suficientemente fuertes como para trasplantarlo en la plaza de un pueblo de la sierra de Madrid. Pero el joven estudiante quería asegurarse de que ese árbol seguía escuchando historias, para poder seguir creciendo. Por eso, juntó a los niños del lugar y les contó el cuento del árbol que guardaba historias. Y ese arbolito ya ha alcanzado el tamaño de aquél que era arrancado de cuajo en la Ciudad Universitaria. A su sombra, escucha las historias de los ancianos del lugar; las de jóvenes amantes en las oscuras noches de verano; las de los que van de paso y sobre todo de las de los que son ahora niños y conocen su leyenda y quieren contribuir, con sus historias, a que el árbol sea cada vez más grande y a que bajo sus ramas puedan refugiarse, cada vez, más contadores de historias.

Yo no he parado de contárselas a mi baobab.

Naftalina

octubre 24, 2008

Parecía que, como ocurrió con el calor este verano, el frío no iba a llegar nunca. Pero llegó, acompañado del agua, ¡y de qué manera! De un día para otro y todos, claro, desprevenidos. Tan de sorpresa nos pilló que a lo que más olía ayer era a naftalina. Al principio pensaba que era algo que llevaba yo encima, pero luego me di cuenta que a veces, cuando se te acercaba alguien lo suficiente como para oler su… ‘perfume’ era cuando aparecía ese olor a las bolitas de la ropa. ¡Claro! Se ve que todo el mundo debió amanecer y correr al armario y al trastero a buscar el abrigo de invierno. Y por eso olía a naftalina en la panadería; en la librería; en la cafetería… Con el aire que hizo ayer… no habrá tardado en desaparecer.

La foto es de etringita

Deposite sus objetos metálicos…

junio 9, 2008

Odio ir al banco. Vayas a la hora que vayas, te toca esperar.  Es desesperante porque habitualmente, tan sólo funciona una de las ventanillas. Mientras esperas a que el del bar de enfrente realice el ingreso o a que la abuela de turno saque la cartilla de ahorro de la faja y pague los recibos, miras a tu alrededor y, mientras vas cambiando el peso de tu cuerpo de una pierna a otra, encuentras seis o siete mesas (destinadas a clientes con asuntos más importantes ¡!) vacías, y a los empleados que atienden las mismas colgados del teléfono. Lo siento, pero no me creo que todos estén atendiendo llamadas de negocios. Así que no queda más remedio. A esperar. Hasta que llega tu turno, todavía te da tiempo a poner en orden el bolso, tirar los recibos antiguos de la cartera, y vaciar la tarjeta del móvil de mensajes viejos.

Pero lo peor sin duda, es cuando entras a una de esas oficinas que cuentan con dos puertas detectoras de metales en la entrada. Es inevitable, según las veo, suspiro. Lo intento una vez. Por favor, deposite sus objetos metálicos… ¡Mierda! A ver: Guardas las llaves de casa, del curro, del coche…  en la pequeña taquilla y te llevas la de la taquilla que das por supuesto que no va a pitar cuando vuelvas a intentar entrar en la sucursal.

Segundo intento: Por favor, deposite sus objetos metálicos… Mientras miras hacia arriba como buscando el lugar de donde procede la maldita voz, observas de reojo a los seis o siete empleados sin cliente, colgados del teléfono. Ahora toca rebuscar en el bolso. No sé que puede ser. Ni mechero, ni cinturón… ¿Pitará el MP3? Por si acaso, lo guardo junto con las llaves de casa, del curro, del coche…

Tercer intento: Por favor, deposite sus objetos metálicos… ¡Es que ni en los aeropuertos! Vuelves para atrás. Los seis o siete empleados sin cliente colgados del teléfono evitan mirarte directamente. Será que quieren evitarse el paseo para abrirte por otro lado. Ahora parece que busco petróleo en el bolso, intentando descubrir qué puede ser lo que pita. Mi cartera tiene algunas chapas en el cuero, saco la tarjeta y el DNI y la guardo junto con las llaves las llaves de casa, del curro, del coche y del MP3. Veamos…  recuerdo que con estas botas me hicieron descalzarme en el aeropuerto… ¡Como vuelva a pitar me da algo!

A la cuarta, lo consigo. Ahora toca esperar. A que el del bar de enfrente realice el ingreso, a que la abuela de turno saque la cartilla de la faja y pague los recibos, a vaciar la tarjeta del móvil de mensajes viejos…. lástima haber dejado la cartera fuera y no poder tirar los recibos antiguos.

Por fin, brotó

mayo 20, 2008

El primer intento fue en diciembre. Aquella semilla de baobab quedó en un macetero, al sol de una ventana junto al Manzanares.  Por lo que sé, no germinó.

El segundo intento, a finales de marzo. Varias semillas en un pequeño tiesto de esos para bonsáis y al abrigo de un buen abono orgánico recogido en una tenada burgalesa. Con toda la ilusión puesta en la esperanza de que seguro que allí, algo brotaba.

Y brotó. Fue creciendo día a día hasta que “tuvo la fantasía de despertarse”,  gracias al calor de los primeros días de mayo; o gracias quizá al cariño de quienes la regaban; o tal vez fuera gracias a que se colocó en el rincón de las historias. Hay quien cuenta que un árbol creció gracias a las historias que escuchaba, pero la de ‘El árbol que guardaba historias’ será motivo de otra entrada. El de ésta, el brote de baobab que luce ya en un balcón del centro de Madrid. Este sueño ya ha brotado.